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La chaqueta verde agobia a Sergio García

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Cada vez se hace más difícil analizar las actuaciones de Sergio García en los campos de golf. Sus estados de ánimo y de forma son tan cambiantes que pasa del todo a la nada con una facilidad asombrosa y desconcertante. Igual se le ve el lunes por el Augusta National con una sonrisa de oreja a oreja y deseoso de comerse el mundo, que lo abandona el viernes de malos modos al fallar el corte, con la sensación de ocultar algo que impide que aflore el genio que sin duda lleva dentro.

Después de su trimestre negro de 2018, en el que encadenó ocho torneos sin jugar el fin de semana, los éxitos otoñales de la Ryder Cup y Valderrama le devolvieron a su nirvana particular. Hasta que este año le volvieron los fantasmas. Sin venir a cuento organizó un desaguisado en Arabia Saudí que obligó al Circuito Europeo a expulsarle, por primera vez en la historia. Y, aunque parecía que ya había recuperado el temple, esta semana en Augusta ha vuelto a mostar su peor cara. Otro corte fallado y vuelta a las andadas con su actitud negativa.

Por sexta ocasión consecutiva, el castellonense no optará al título en un torneo del Grand Slam. El dato no es baladí, ya que todas ellas se han producido después de su boda e igualan las que se perdió en los diez años anteriores (en 38 torneos). Dado que este último año y medio marca su mejor momento en el terreno personal, con su matrimonio y el nacimiento de su hija, cabe deducir que existe una relación entre lo personal y lo deportivo.

Las distracciones domésticas, empero, no le impiden seguir sumando registros en su palmarés. El pasado otoño se convirtió en el europeo con más partidos en la Ryder Cup y, en este Masters, en el golfista con más «majors» jugados de manera consecutiva (79). Dado que se juegan cuatro en cada temporada, esto indica que lleva veinte sin ausentarse de las grandes citas.

Si bien en los otros torneos del elenco (Open Británico, Open USA y PGA Championship), fallar el corte puede tener una relativa trascendencia, en el caso de Augusta existe un peso añadido para García, pues aquí viste la chaqueta verde y esa presión le va a acompañar de por vida. Para lo malo y también para lo bueno, pues, como señalaba con ironía momentos después de entregar la tarjeta, «aquí voy a poder jugar siempre, ya nadie me va a poder quitar ese privilegio». Y, aunque quiso seguir por ese camino sarcástico para quitarle hierro al asunto («no pasa nada, esto no es drama ni se ha muerto nadie; no se acaba el mundo, es solo un torneo de golf»), lo cierto es que se le veía preocupado por esa acumulación de errores en los momentos culminantes de la temporada.

Nada a derechas
Cuando intentaba buscarle una explicación técnica, tampoco la encontraba. «Sinceramente no he notado que haya jugado al nivel que marca mi resultado final (+4) -se lamentó-, pero no me salía nada a derechas y encima no metía ningún putt». Una vez más, recurría a la mala fortuna para argumentarlo. «He pegado muchos golpes buenos que no me daban luego rendimiento y, además, se me han quedado cuatro o cinco bolas con barro en la calle, lo que es aún más complicado». En resumen, que lo que el jugador siente en su interior es que todo se vuelven a su contra para perjudicarle, pues su parte la está haciendo bien.

Pero lo que no aprecia es lo que se ve desde fuera, un jugador cabizbajo, enojado y sin una buena actitud positiva. Quizá tenga que considerarlo.

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