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Almagro: «Salía a la pista con un disfraz»

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Nicolás Almagro ya carga la etiqueta de ex, aunque siempre se sentirá tenista. En Murcia, su querida Murcia, Almagro disputó esta semana su último partido como profesional, fin a una carrera estupenda con, entre otras cosas, 13 títulos ATP, varias semanas en el top 10 y un revés a una mano descomunal, durísimo y precioso a la vez, de los que ya no quedan. Habla reposado, y tiene razón cuando desvela que hay dos Nicos muy diferentes. En la pista, era puro fuego, un volcán sin control, tan temperamental que a veces se consumía en sus propios cruces. Fuera, un ser humano educado, bromista, divertido incluso y entregado a su familia en cuerpo y alma (tiene un hijo de dos años). Deja el circuito, pero es imposible que se desligue del tenis, entusiasmado con su rol de director de la Escuela de La Manga Club. «Me apetece mucho ayudar en la formación y más en este lugar con tanta historia», resume. Será recordado como uno de loes miembros más importantes de la era dorada del tenis español.

Se le ha visto menos en la élite estos últimos años, pero su carrera ha sido de las bonitas e importantes.

Bueno, al menos lo he intentado. He puesto todo lo que tenía dentro de mí para disfrutar al máximo y así ha sido, hasta el último día he sido yo y me quiero quedar con eso.

¿Qué es lo que más le ha gustado de este viaje?

Cada día que ha pasado ha sido un sueño hecho realidad, era como una experiencia que nunca querías que se terminara. Y cada día te tocaba aprender, mejorar, solucionar problemas que se te iban presentando…

El tenis, básicamente, es eso, aprender a perder y a buscar soluciones.

Es que el tenis es un deporte de perdedores. Al final somos 32 los que empezamos en un torneo y solo gana uno, y muchas veces ese campeón es el mismo. Es un deporte un tanto peculiar, pero te tienes que ir reinventando. De cada derrota tienes que sacar la parte positiva y además enseguida, no hay margen para lamentarse. Es complejo, pero bonito.

¿Tampoco da tiempo a disfrutar de lo bueno?

Yo he tenido tiempo para recordar y saborear todo lo que he conseguido en estas dos últimas semanas. Cuando te paras a pensar en casa, y ves todas las copas, las fotos… Entonces te das cuenta de que no ha sido una carrera normal. Ha sido muy positiva y me siento un privilegiado. La gente dice: “Uy, la vida del tenista, qué bonita es…”. Pero lo cierto es que no hay tiempo para nada, ni para pensar.

«Crecí muy deprisa y mi familia no sabía en qué nos metíamos. Adopté un rol para hacer frente a todo»

Usted ha sido un tenista con mucha personalidad.

Sí. Era mi forma de vivir mi carrera y mi vida. Soy consciente de que no a todo el mundo podía gustar. Creo que al que gustaba, gustaba mucho, pero al que no, pues no gustaba nada de nada. Era mi forma de querer disfrutar de esta noria, mi forma de ser alegre, mi forma de jugar tan agresiva… Mi forma de ver los partidos era diferente a la del típico tenista español de tierra. Y había gente que no me aceptaba.

Menciona a su vínculo con Josep Perlas como técnico como un punto de inflexión para convertirse en un profesional absoluto. ¿Le costó domarse?

Yo llego a Perlas por cosas del destino. Mi entrenador de toda la vida (Antonio González Palencia) tenía una enfermedad cuando yo era 11 del mundo y eso me hace replantear muchas cosas. Quería estar lo más lejos posible de casa porque no quería sufrir. Una persona que había sido un padre para mí lo estaba pasando mal y no quería vivirlo, por miedo o no sé… No quería estar cerca ni ser consciente de lo que de verdad era la vida. Hace poco tuve una charla con él muy sincera y me arrepiento. Han pasado muchas cosas en mi vida y no las he podido compartir con la persona que, como digo, ha sido como un padre. Y me podía haber ayudado mucho. Por eso me fui con Perlas. Sí es cierto que al irme a Barcelona estaba totalmente solo y yo confié en una persona que tenía un curriculum envidiable y no me podía permitir ninguna tontería. No podía dejar pasar ese tren. Gracias a él, se encauzaron muchos caminos que en Murcia veía con muchas curvas. La gente hablaba mucho, me ponían muchos elogios y yo me los creía… Por mi carácter, yo actuaba a veces de manera errónea y en Barcelona eso no sucedió. Formamos un equipo muy sincero y sacó lo mejor de mí.

¿Qué cambiaría?

Rompí alguna raqueta, dije alguna palabra que no debía decir, alguna pelea con mi gente… Pero si me paro en detalles, todo eso tiene una explicación. No estoy excusándome, solo digo que todo tiene un porqué. Crecí muy rápido y mi familia no sabía en lo que nos metíamos. Me puse un disfraz y adopté un rol para hacer frente a todo. Había dos Nicos, el tenista y la persona. Quien me ha conocido sabe que son dos personas totalmente diferentes.

¿Quiere decir que cuando era tenista se ponía un disfraz?

Sí, he jugado con un disfraz. Hay ciertas cosas que en mi vida cotidiana no realizaba. Me pongo a pensar en cuando he roto alguna raqueta… ¡Si no he roto un plato en mi vida! Soy miedoso, me da miedo la soledad, tengo mucho miedo a perder a mi gente… En la pista, todo eso no se veía. Era un Nico agresivo, que iba a por todas, y a la vez divertido. Eso sí lo soy fuera. Me tenía que quitar una debilidad externa para, en la pista, ponerme en plan «campeón», en plan chulito. Y de eso es de lo que quizá me puedo arrepentir.

«Me pongo a pensar en cuando he roto alguna raqueta. ¡Si en mi vida normal no he roto un plato!»

¿Y los momentos más bonitos?

Quedarme con uno sería menospreciar una carrera que ni soñada. Soy un chico de Murcia, me han intentado dar la mejor educación posible, he tenido personas que han confiado ciegamente en mí… Eso es con lo que me quedo. Al final, ser top 10, por ejemplo, es un número que sí, que es increíble, pero todo el día a día, el trabajo… Eso es lo más bonito.

Se apaga una generación difícilmente repetible.

Nosotros somos el primer fruto de las semillas que se han ido plantando a lo largo de la historia del tenis español. O el segundo fruto, mejor. Antes tuvimos a Ferrero, Moyá, Corretja, Costa, la primera Davis… Nosotros hemos dado continuidad a eso. El que se dijera que no salía nadie en España también nos ayudó, nadie nos veía como rivales fuertes y al final hemos adquirido un rol de estar siempre arriba. Eso tampoco es sano para los que vienen. No es normal que hubiera tres top 10 durante tantísimo tiempo como ha habido en España. Lo que han conseguido Rafa, David, Tommy, Feli, Marcel, Verdasco… va a ser muy difícil de olvidar.

«Era inhumano que hubiera un español campeón en cada torneo. Ahora se habla de fracaso si no hay finalistas»

Sí se intuye una travesía por el desierto.

Pues lo que hay que intentar es que sea lo más corta posible y dar tranquilidad. Ahora, si no estamos en finales se habla de fracaso, y no. Lo que era inhumano es que cada semana hubiera un campeón español en cualquier torneo.

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